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  • Rey EstebanCullen 5116 Local 6 - Villa Urquiza - Atencíón de Lun. a Vie. de 10 a 13 y de 16 a 20 hs. - Sábados de 10 a 13 hs.
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Descripción

"Algún lugar de Rusia. Fecha imprecisa, quizá, segunda mitad del siglo XX. Un hombre llamado Vladimir vive en una destartalada cabaña de tablas, en el claro de un bosque atravesado por un río, unas veces caudaloso, otras veces seco. La gente del pueblo trata a Vladimir como si estuviera loco. De hecho, es muy probable que vaya a estarlo realmente en muy poco tiempo. Por ahora sólo está tan borracho como se lo permite su magra economía. La historia comienza con una especie de travelling: seis páginas silenciosas de viñetas horizontales que nos muestran el ruinoso exterior de la cabaña, las botellas de vodka sobre la mesa, el catre, el maltrecho tejado. Todo está en ruinas. Ese es el primer contacto que uno tiene con el dibujo de Pierre Wazem, un dibujo que en cierta forma se apropia del espíritu de esa miseria. Uno se pregunta cosas: ¿por qué su estilo parece tan inacabado? ¿Por qué parece mutar de una página a otra, como si estuviera indeciso, vacilante? ¿Por qué retrata los rostros de sus personajes de tantas formas distintas? Y, lo más importante, ¿cómo hace para que todo esté tan vivo? Lo mejor es que todas las respuestas llegan con las páginas. Uno comprende sin poder precisar el momento en que se dio esa comprensión.

Lo que Wazem logra en Como un río es una maravilla de expresividad y comunicación. Sencillo, directo, sin grandilocuencia y con la cantidad de texto precisa, el guión enhebra una serie de escenas que, más allá de la belleza estética, guardan una gran significación emotiva. Vladimir intenta pescar un gran pez, pierde sus únicos zapatos, bebe el vodka que la gente del pueblo le invita, habla con Macha -su esposa muerta-, mientras piensa seriamente en suicidarse; y entonces llega su hijo, el hijo que estaba en Moscú, convirtiéndose en artista, y al que Vladimir no veía desde hacía siete años, el tiempo exacto que Macha lleva muerta. El viejo tema del hijo como padre de su padre. El niño como padre del hombre. Habría que hablar ahora del magistral manejo del ritmo narrativo, del dominio de lo anecdótico y lo episódico, de la habilidad de Wazem para generar climas, entre muchas otras cosas, pero sería agregar palabra sobre palabra, teorizar, intelectualizar una obra que fue concebida con otro fin, no para la disección -ni siquiera para la reflexión-, sino para una lectura emotiva que sepa esquivar con delicadeza las trampas de lo cerebral".